CARLOS III, Rey de las Españas

El mejor alcalde de Madrid , que ademas quiso morir al lado del patron de Madrid, renovando las constituciones de la cofradia y en 1769 ordena trasladar el Cuerpo incorrupto de SAN ISIDRO a la actual colegiata, q.D.g.

 

 1.            INTRODUCCIÓN   
Carlos III (1716-1788), rey de las Dos Sicilias (1734-1759) y rey de España (1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español.


Hijo del rey español Felipe V y de Isabel de Farnesio, nació el 20 de enero de 1716 en Madrid. Heredó de su madre en 1731 el ducado italiano de Parma, el cual ejerció hasta 1735, junto al de Plasencia (Piacenza), bajo la tutela de su abuela materna (Dorotea Sofía de Neoburgo). Después de que su padre invadiera en 1734 Nápoles y Sicilia, al año siguiente, y por medio de la firma del Tratado de Viena —que ponía fin a la guerra de Sucesión polaca—, fue reconocido como rey de las Dos Sicilias (título que recogía los dos reinos italianos de Nápoles y de Sicilia, que ya ejercía desde un año antes) con el nombre de Carlos VII. Como tal, adoptó reformas administrativas considerables y llevó a cabo una política de obras públicas que embellecieron la capital napolitana. En 1738, contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia.


En 1759, accedió al trono español, tras producirse el fallecimiento de su hermanastro, Fernando VI. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien informado de los asuntos públicos. Fue consciente de su papel político y ejerció como un auténtico jefe de Estado. Su reinado español puede dividirse en dos etapas; el motín contra Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (1766), es la línea divisoria entre ambas.

            2.            PRIMERA FASE DE SU REINADO ESPAÑOL  
En el primer periodo, los políticos más destacados fueron Ricardo Wall y Devreux, Jerónimo Grimaldi, el marqués del Campo del Villar y el marqués de Esquilache. El equipo de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio descontento social. La aristocracia se vio afectada por la renovada Junta del Catastro, dirigida a estudiar la implantación de una contribución universal, o por la ruptura de su prepotencia en el Consejo de Castilla. Por su parte, el clero recibió continuos ataques a su inmunidad. Se limitó la autoridad de los jueces diocesanos, se logró el restablecimiento del pase regio (facultad regia de autorizar las normas eclesiásticas) y se redujeron las amortizaciones de bienes. A todo ello vino a unirse el descontento popular provocado por la política urbanística en Madrid (tasas de alumbrado o prohibición de arrojar basuras a la calle, por ejemplo), los intentos de modificación de las costumbres (bando de capas y sombreros) y algunas reformas administrativas y hacendísticas.

            3.            SEGUNDO PERIODO  
El Domingo de Ramos (23 de marzo) de 1766 estalló el motín en Madrid y en varias provincias, de forma muchas veces simultánea. Los amotinados proferían vivas al Rey y pedían la destitución del marqués de Esquilache y su camarilla de extranjeros. En las provincias se gritaba además contra los especuladores, representantes del poder local. Esquilache fue destituido y se tomaron una serie de medidas sobre el abastecimiento y el precio del grano. Con el restablecimiento del orden social se inició la segunda etapa del reinado. La política pasó a estar en manos de una serie de administradores e intelectuales nuevos, como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, que aseguraron una continuidad en las reformas. La primera medida del nuevo equipo fue la expulsión de los jesuitas (febrero de 1767), a quienes el Dictamen Fiscal, elaborado por Campomanes, acusaba de instigadores del motín y enemigos del Rey y del sistema político, a la vez que denunciaba su afán de poder y de acumulación de riquezas y cuestionaba su postura doctrinal.

pesar de que todavía continuamos dentro del periodo de monarquías absolutistas, el reinado de Carlos III es plenamente reformista desde el punto de vista socio-político y económico llegando incluso a provocar su enfrentamiento con la aristocracia y el clero.

Entroncado este reinado en pleno desarrollo de la Ilustración es uno de los más típicos exponentes de esta corriente ideológica. Sus reformas fueron dirigidas hacia el reparto de tierras comunales, división de latifundios, recortes de privilegios de la Mesta, protección de la industria privada, liberación del comercio y de las aduanas, etc.

Políticamente otorgó poder político a la incipiente burguesía, favoreciendo sus intereses con iniciativas legislativas como la creación de la Orden de Carlos III, la apertura del comercio de Ultramar o la supresión de los "oficios viles". En 1767, 1770 y 1772, sendos decretos reales afirmaban la progresiva idea de que el trabajo, el hecho de trabajar, no implicaba la pérdida de la hidalguía, decretos que atacaban directamente una tradicional y perniciosa convicción española: "trabajar no es trato de nobles". Fue en 1771, y asimilada a las órdenes de Calatrava, Alcántara y Montesa, cuando se creaba la Orden de Carlos III; condición para ingresar en ella no era la posesión de "sangre azul" sino la valía personal demostrada en el trabajo. De allí en adelante, el trabajo, dignificado, podía llevar a ostentar una distinción que en los viejos tiempos había estado reservada a los nobles guerreros.

Interesado en promover la prosperidad del país, su programa de reformas e iniciativas alcanzó a las obras públicas, destacando la construcción del pantano de Loja, el puerto de San Carlos de la Rápita o la repoblación de Sierra Morena, creando municipios de nueva construcción como La Carolina. En 1767 comenzó a estudiarse la nueva ley agraria, el mismo año que daba comienzo la colonización de Sierra Morena, todo un experimento de reforma agraria.

En el ámbito cultural, Carlos III entendía que la prosperidad nacional pasaba por el desarrollo cultural y educativo. En este sentido, impulsó la investigación científica, reformó la docencia y favoreció la difusión de los conocimientos.

Muchas de estas medidas las llevó a cabo al comienzo de su reinado con el Marqués de Esquilache al frente de su gobierno y apoyado por grupos de ilustrados y de la burguesía; de hecho fueron medidas muy efectivas pero produjeron el enfrentamiento de la oligarquía aristocrática y el clero, que, viendo amenazados sus intereses, provocaron un levantamiento popular en 1766 que se conoce por el Motín de Esquilache, ya que fue depuesto este ministro italiano.

Esto obligó al monarca a suavizar las medidas sociales adoptadas aunque no dejo de enfrentarse a los grupos reaccionarios actuando contra ellos como demostró en la expulsión de los jesuitas o limitando el poder de la Inquisición. Pero las reformas continuaron. Como ha señalado José Luis Comellas, si el primer periodo carolino se vio concentrado en reformas económicas e higiénicas, el segundo (que va aproximadamente de 1770 a 1782) se caracterizó por una preferente atención por las reformas necesarias para la implantación de la libertad de comercio. El tercer período, dentro de la clasificación de Comellas, entre 1785 y 1789, se concentró en la reforma agraria.

Económicamente hay que recordar a este monarca porque tendió a unificar el sistema monetario creando el primer papel moneda y la primera banca estatal (Banco de San Carlos 1782).

En cuanto a la política exterior, intentó mantener el prestigio español y su presencia colonial, amenazada por el expansionismo de Gran Bretaña y Francia, principalmente. Para ello, reformó el ejército e incrementó el poder naval español, hasta el punto de que pudo ser considerada en su época como la más poderosa después de la británica. Además, las Ordenanzas Reales que se dictaron sobre el ejército demostraron su eficacia, hasta el punto de que en parte aun se mantienen en vigor.

En política exterior fueron fundamentales 3 puntos u objetivos: Paz en el Mediterráneo para garantizar el comercio español en estas aguas, neutralizar a Gran Bretaña en las colonias americanas y recuperar Menorca y Gibraltar de manos de los ingleses; conseguiría recuperar la primera plaza pero no así la segunda que sigue siendo colonia británica.

Moría en diciembre de 1788 sucediéndole en el trono su hijo Carlos IV.

La personalidad de Carlos III.

Carlos III comiendo

Carlos III comiendo ante su corte (detalle) Luis Paret y Alcázar. Museo del Prado

Consta que a Carlos III le costó bastante abandonar sus posesiones italianas. Allí habían nacido sus trece hijos, allí había gozado de una apacible y feliz vida hogareña con su esposa, la pacifista María Amalia de Sajonia.

Por otra parte, en las Dos Sicilias había consumado una obra satisfactoria, estabilizando la paz, reduciendo en buena medida el anterior e hiriente feudalismo, renovando la administración y democratizando la estructura social y política de las tierras. Evidentemente, en España no le sería fácil cerrar su trayectoria con un balance tan positivo. Pero no eludió sus responsabilidades.

Debe decirse que, en último análisis, Carlos III no era un hombre brillante o genial, pero sí un hombre de notable estabilidad emocional, de una sólida confianza en sí mismo, virtudes que daban firmeza a sus decisiones y seguridad a sus colaboradores. Como bien dice Gonzalo Anés, "Carlos III resulta un rey excepcional, por comparación". En efecto, su inteligencia política y su voluntad reformista, avaladas por su temple interior, le situaban muy por encima de los anteriores Borbones hispanos.

Ahora bien, sería equivocado considerarle un político genial, tan equivocado como considerarle "simple y piadoso", según la equivocada caracterización del padre Eguia. Indiscutiblemente era un hombre piadoso, pero no un hombre simple.

Se ha dicho que era muy trabajador, juicio resultante también de una comparación. En realidad, dedicaba a sus tareas de gobernante sólo algunas horas al día y, desde luego, como ha señalado Domínguez Ortiz, no tantas como a la caza, el deporte de su obsesiva predilección.

En el terreno de las relaciones humanas, se distinguía por su trato directo y cordial. "Jamás olvidó que era un hombre como los demás", ha escrito su biógrafo, el conde de Fernán Núñez.

Se ha dicho que nada le ofendía más que la mentira, razón por la que inspiraba confianza a sus colaboradores e incluso a sus reales colegas.

Debe destacarse que era hombre de costumbres rutinarias: "Nunca alteró su distribución del tiempo ni el orden de su frugal comida", ha escrito Domínguez Ortiz. Al parecer, cualquier alteración de su rutina le producía horror.

En materia amorosa era hombre austero, fiel a su esposa, y llevó esa conyugal fidelidad hasta el fin. Su única pasión desmedida: la caza. Con agudeza, Domínguez Ortiz anota que esta pasión contrapesaba la evidente ausencia de pasiones amorosas, musicales, literarias o teatrales. En este sentido y, dado que dedicaba a las tareas de gobierno muy poco tiempo, la caza habría sido para él la única forma de escapar al aburrimiento.

Aquí debemos subrayar el hecho de que Carlos III carecía de tendencias filosóficas o literarias. Hijo de su siglo, educado políticamente por el ilustrado Tanucci, Carlos III confiaba en las bondades de la Razón, y esta confianza le llevaba a oponerse a leyes y usos que le parecian irracionales o contraproducentes. En su confianza en la Razón se basó su empuje reformista. Pero queda claro que estaba lejos de ser "un pensador". Como ha escrito Anes, "nunca tuvo pretensiones de intelectual" y, en realidad, fue más lejos en la práctica que en la teoría.

Ahora bien, queda claro que su escaso empuje intelectual limitó aún más los alcances de su política reformista. Queda claro que su preocupación fundamental o su meta política, como correspondía a su condición de monarca ilustrado, era mejorar el nivel de vida de sus súbditos. Y queda claro que, consecuentemente, sus pasos se orientaban en el sentido de racionalizar la administración. Todo esto es indiscutible. Ahora bien, es preciso señalar que su trabajo reformista, sin el respaldo de un vigoroso empuje racionalista. no podía ir, por principio, más allá de ciertos limites. Porque, en efecto, el monarca ilustrado no podía -y suponemos que ello jamás entró en sus cálculos- liquidar decisivamente los privilegios de los beneficiarios de la situación reinante. Porque la nobleza y la Iglesia respaldaban su poder y, obviamente, no podría avanzar demasiado sin tropezar con resistencias insuperables y sin socavar las bases reales de su poder. Ha escrito Anés: "Carlos III no pudo prescindir del apoyo de las fuerzas más tradicionales, y su politica de reformas estuvo condicionada, en todo momento, por el respeto y el temor inspirados por estas fuerzas." Consta, por ejemplo, que Carlos III favoreció a quienes se opusieron a la implantación del Santo Oficio en las Dos Sicilias; pero es evidente que, ya en España, nunca actuó frontalmente contra el poderoso tribunal. Carlos III y sus colaboradores inmediatos reivindicaban para la Corona la totalidad del poder temporal, en detrimento de los privilegios tradicionalmente usufructuados por la Iglesia. Ahora bien, tales privilegios temporales no podrían liquidarse verdaderamente sin un enfrentamiento más violento que el ánimo de quienes pretendían su liquidación.

Por otra parte, no debe pensarse que Carlos III estuviese "fuera de la Iglesia". En absoluto estaba fuera de ella. En realidad, se encontraba bien afirmado en sus creencias religiosas, encarnando la actitud cristiana más avanzada de su siglo, en el interior de un movimiento espiritual que, para decirlo con palabras de Reglá, "tendía a despojar a la religión de las estratificaciones que se habían formado alrededor de ella, a ofrecer una creencia tan liberal en su doctrina que nadie podría ya acusarla de oscurantismo". En consecuencia, ni por sus íntimas creencias religiosas ni por la fuerza política de la Iglesia, podría llevar Carlos III demasiado lejos sus reformas religiosas. El tribunal del Santo Oficio no gozaba, ciertamente, de sus simpatías, pero tampoco se decidiría a liquidarlo.

Con la nobleza le ocurriría algo parecido. Tampoco podría Carlos III racionalizar las estructuras sociales sin destruir privilegios que serian defendidos por sus poderosos usufructuarios. "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo"... ésta era la máxima de aquel Despotismo Ilustrado que, por principio, no podría apoyarse en el pueblo mismo, sino en las clases privilegiadas de siempre. "No era posible -ha escrito Anés- un enfrentamiento en toda la regla, porque las capas sociales que apoyaban al rey no tenían suficientemente delimitados sus objetivos y porque, además, no está claro que el monarca hubiera dejado de apoyar a la alta nobleza y a la Iglesia. Su propia legitimidad obligaba a legitimar también todo aquello que, heredado del pasado, suponía un conjunto de privilegios disfrutados con el apoyo de los monarcas a quienes había sucedido." Así pues, quedan claras, de antemano, las limitaciones de la política reformista de Carlos III.

Madrid y la reforma carolina: "Mis vasallos son como niños..."

 

Puerta del Sol  en 1733

El Despotismo Ilustrado practicado por Carlos III tenía sus bases reales. Veamos una situación anecdótica que justificaba para el Rey que no se contase con el pueblo para gobernar.

 

Cuando Carlos III llega a Madrid se encuentra una ciudad con un aspecto miserable, vergonzoso, en lo tocante a la limpieza pública. En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes, para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era, en este sentido, particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto deprimente. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica "pocilga": lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente.

He aquí, descrito por Fernán Nuñez, el insólito procedimiento de limpieza:

"La villa tenía una porción de carros o cajones bajos, sin ruedas, que en lugar de ellas tenían unos maderos redondos, tirados por una mula, que dirigía el que iba de a pie, y así se iba arrastrando todo lo grueso de la inmundicia. Este paseo, que generalmente se hacía de noche, iba precedido por gentes con hachas, que marchaban delante, a los lados y detrás de los carros y enseguida de éstos venían muchos hombres en una fila, con escobas, que iban barriendo lo que ellos no podían arrastrar. Esta pestífera comitiva cuya fetidez, como puede creerse, se anunciaba desde muy lejos, se dirigía a a varias alcantarillas, sumideros grandes que había en varios puntos de la villa, cuyas casas inmediatas estaban infectadas de sus hálitos".

Y comenta graciosamente:

"Si Don Quijote se hubiera encontrado de noche este pestífero y lúgubre acompañamiento, es probable creyese que todas las parcas del abismo venían a caer sobre él, y que hubiese ensuciado su lanza contra aquella inmunda comitiva para deshacer un entuerto que seguramente ya había ocasionado más de cuatro".

Este curioso procedimiento de limpieza había sido bautizado con el nombre de "la marea".

Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad, no había prácticamente iluminación nocturna y toda clase de ladrones esperaban en las esquinas al ingenuo que se aventurase a pasear más allá del atardecer. Con todo esto, la necesidad de llevar a cabo una profunda reforma resultaba imperiosa. Procedente de su apacible palacio napolitano, Carlos III debió quedar estupefacto ante tan increíble estado de cosas. Y pronto presentó Carlos III un proyecto de reforma de la villa que fue aprobado por el Consejo. Básicamente ordenaba limpiar las calles y empedrarlas; los caseros deberían "embaldosar el frente y costados, colocar canales en toda la anchura del arroyo, construir conductos para las aguas de la cocina y otras menores de limpieza, con sumideros o pozos para las aguas mayores". Las basuras serían recogidas y trasladadas fuera del casco urbano. Quedaba prohibido la presencia de cerdos en las calles. Se creaba una policía urbana para mantener el orden y sería obligatorio que en las escaleras luciera un farol.

Lo chocante es que el pueblo madrileño acogió mal estas medidas, como si le costase desprenderse de tanta suciedad. Entonces comentó Carlos III:

"Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava..."

Esquilache movilizó todas sus energías para que se cumplieran las disposiciones. Sabatini se concentró en proyectos de embellecimiento y hasta diseñó unos carros de basuras que, con malicia, el pueblo bautizaría con el nombre de "chocolateras de Sabatini".

El análisis de las motivaciones de la curiosa resistencia del pueblo madrileño a estas mejoras merecería un análisis en profundidad, que queda fuera de nuestro trabajo. Sólo diremos que, inevitablemente, una resistencia tan incomprensible sólo podía llevar a Carlos III a concluir que era aquel un pueblo anclado en infantiles torpezas, con lo cual quedaba bien justificado para él el principio de gobernar "para el pueblo pero sin el pueblo": el pueblo daba tales muestras de inmadurez que parecía imposible concebir otras formas de gobierno, quedando demostrada la necesidad del Despotismo Ilustrado.



Al margen de este hecho, el segundo periodo del reinado español de Carlos III se caracteriza por una profunda renovación en la vida cultural y política. De la primera cabe destacar el intento de extensión de la educación a todos los grupos de la sociedad, mediante el establecimiento de centros dependientes de los municipios o de las Sociedades Económicas de Amigos del País, la creación de escuelas de agricultura o el equivalente a las de comercio en diversas ciudades, las propuestas de reforma de los estudios universitarios (1771 y 1786) y, en fin, el estímulo de la actividad de la Real Academia Española, cuya Gramática castellana (1771) se impuso como texto en las escuelas. De las innovaciones políticas sobresalen: la reforma del poder municipal y las propuestas económicas, cuyas líneas más significativas fueron la remodelación monetaria y fiscal, los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización de los sectores industrial y comercial.


El 26 de junio de 1766, un Real Decreto establecía que en todos los pueblos de más de dos mil vecinos se nombraran cuatro diputados del común, que intervinieran con la justicia y los regidores en los abastos del lugar. Tendrían además voto y asiento en el ayuntamiento. La reforma, que fue perfilada con sucesivas órdenes, suponía sobre el papel una grave amenaza para el monopolio de las oligarquías urbanas. Las gentes del común se inhibieron, en general, y esto fue suficiente para que los grupos tradicionales mantuvieran el monopolio del poder municipal.


Las medidas más significativas en política monetaria fueron: las remodelaciones de marzo de 1772; la emisión de vales reales, el primer papel moneda de España, iniciada en septiembre de 1780; y la creación del Banco de San Carlos, en julio de 1782. En el terreno fiscal sobresalió, sin duda, el intento de establecimiento de la contribución única. En el sector agrario se favoreció la estabilidad del campesinado, se congelaron los arriendos y se abordó la confección de una ley agraria, que no vería la luz hasta 1794. En cuanto a los ámbitos industrial y comercial, la lucha contra la rigidez del sistema gremial, o el establecimiento del libre comercio de España con las Indias (1778), son una muestra del acercamiento al liberalismo económico.En 1787, Carlos III aprobó la creación de un nuevo órgano de gobierno, la Junta de Estado, a instancias del marqués de Floridablanca. El monarca falleció el 14 de diciembre de 1788 en Madrid, y fue sucedido por su hijo Carlos, que pasó a reinar como Carlos IV. De entre los otros doce hijos que tuvo de su matrimonio con María Amalia de Sajonia, destaca Fernando I de Borbón, rey de las Dos Sicilias, el cual, desde 1759, le había sustituido como rey de Nápoles.

 

El motin de Esquilache (1766)

motin esquilache
El motín de Esquilache, pintado por Goya. Recoge al Padre Yecla, fraile gilito (franciscano) de los que predicaban por las plazas, trayendo como insignias de penitencia una corona de espinas ceñida a las sienes y una soga al cuello, encenizada la cabeza y un santo crucifijo en la mano, intentando predicar a la turba. Terminó llevando las peticiones del pueblo al rey; varios de los congregados las firmaron sobre las espaldas de otro, como se refleja en la esquina derecha.
(1766-1767. Colección Privada. París)

La decisión de acometer la reforma universitaria en España no la toma Carlos III hasta después de pensar seriamente en la expulsión de la Compañía de Jesús de sus dominios. Es, por tanto, una consecuencia inmediata del vacío dejado por los jesuitas en la enseñanza. El pretexto que sirvió para justificar el destierro fue que los jesuitas habían promovido el motín de Esquilache. Pero más tuvo que ver el hambre y la falta de tacto del ministro italiano que la instigación de los jesuitas. Veamos como sucedieron los hechos.

Leopoldo de Gregorio, Squilacce como se le llamaba en Italia y Esquilache como se lo llamaba en España, ministro preferido de Carlos III, hombre impetuoso y partidario de arreglarlo todo por la vía rápida, fue el firmante de las medidas que encendieron en 1766 las furias populares.

En efecto, una vez lograda la libertad de comercio de cereales -su gran proyecto- satisfecho por la marcha de las obras que se llevaban a cabo en Madrid, Esquilache desempolvó un viejo proyecto de los tiempos de Fernando VI, proyecto que proponía la sustitución de las arraigadas capas largas y los chambergos -enormes sombreros de ala ancha- por capas cortas y el sombrero de tres picos o tricornio. Las razones esgrimidas eran, bien mirado, obvias: a nadie se le ocultaba que aquellas larguísimas capas permitían un embozo perfecto, bajo el cual podía ocultarse cualquier arma y que, asimismo, el sombrero de ala ancha "vertía sombra impenetrable sobre el rostro", por lo que capa y sombrero servían para cometer toda clase de impunes fechorías. Esquilache estaba convencido de que la modificación del tradicional atuendo era ineludible y así lo exigió.

Julián Marías ha comentado lo que la disposición tenía de dieciochesca: "Yo pienso que estas razones utilitarias -seguridad pública, conveniencia de que se pudiera reconocer a los delincuentes- no eran más que apariencia: la justificación 'objetiva' de otras razones más hondas, estéticas y 'estilísticas': los hombres del gobierno de Carlos III sin duda sentían malestar ante aquellos hombres tan de otro tiempo, tan distintos de los que se usaba en otras partes, tan arcaicos. Yo creo que la aversión a la capa larga y al chambergo era una manifestación epidérmica de la sensibilidad europeísta y actualísima de aquellos hombres que sentían la pasión de sus dos verdaderas patrias: Europa, el siglo XVIII.".

He aquí una de las probables claves para entender el problemático siglo XVIII español. De él proceden, en gran medida, esa cerrazón hispánica, ese mirar hacia adentro y extraer del pasado las hondas raíces de una singularidad a prueba de cambios impuestos por el curso de los tiempos. Frente al reformismo borbón de cuño racionalizante y uniformizador, España reacciona con un casticismo exacerbado, con una revalorización de lo propio: el puro folklore, las añejas tradiciones... Pero en honor a la verdad conviene dejar aclarado que el llamado "traje español" ni era español ni su uso se remontaba a épocas remotas. Es éste un detalle curioso. Aquel traje cuyo uso tan celosamente parecían defender los madrileños fue importado por la guardia flamenca del general Schomberg en los no muy lejanos años de Carlos II, el último de los Austrias. Nacional, lo que se dice nacional, era, más bien, el traje que ahora pretendían implantar Carlos III y su ministro Esquilache... Lo cierto es que el pueblo no estaba dispuesto acortar las largas capas ni a cambiar el chambergo por el tricornio.

Al principio, aunque ya era evidente el propósito de Esquilache, no fue posible llevar a cabo el proyecto: el angustioso tema de los precios lo relegaba a un segundo plano. Los días 13 y 16 de febrero de 1766, el Diario Noticioso Universal publicó sendas notas del marqués de Esquilache. Este trataba de razonar la subida de los productos de primera necesidad. La última cosecha, peor aún que las anteriores, y la ya decretada libertad de comercio del grano habían originado una descarada especulación que había incidido en los precios. La elevación del coste había seguido un proceso gradual: pan, aceite, carbón y tocino iban subiendo, a medida que corrían los años, para desesperación de los ya de por si muy descontentos madrileños.

Así, el pan que en 1761 se vendía en la capital a siete cuartos la libra, ascendió a ocho en 1763, a diez en 1765 y a doce en los primeros meses de 1766. Los razonamientos de Esquilache se basaban en la generosidad del Gobierno, que intentaba paliar la situación por todos los medios. Ciertamente, Esquilache, preocupado por la subida, trató de remediar el problema, no gravando en el precio del producto el que resultara de los transportes de grano traído de otros lugares. Pero no es menos cierto que la forma en que dicha operación se llevó a cabo constituyó un error político: se privó a los pequeños labradores de sus mulas, con el fin de utilizarlas para el traslado del grano. El conde de Fernán Núñez explica así lo ocurrido:

"El marqués había dado unas providencias extremadamente violentas para hacer venir granos de todo el reino, a costa de sumas considerables y de grandísima incomodidad y pérdida de los conductores, violentados en parte, y cuyos clamores aumentaban el número de los descontentos, que parecían comprarse con el mismo dinero que el rey gastaba diariamente para mantener el pan a un precio moderado."

Los dispendios del monarca y los "favores" de Esquilache, que él mismo ponderaba en sus notas de aquellos días, no hicieron mella en los madrileños.

En tan delicadas circunstancias, Carlos III y su ministro decidieron en mala hora prohibir las capas largas y los sombreros de ala ancha o chambergos. Al principio, tuvieron la precaución de limitar la prohibición al ámbito del funcionariado, con la idea de que, impuesta en tal ámbito, seria más fácil imponerla al resto de la población. El 21 de enero de 1766 aparecía el siguiente bando:

"Siendo reparable al rey que los sujetos que se hallan empleados a su real servicio y oficinas, usen de la capa larga y sombrero redondo, traje que sirve para el embozo y ocultar las personas dentro de Madrid y en los paseos de fuera con desdoro de los mismos sujetos, que después de exponerse a muchas contingencias, es impropio del lucimiento de la corte y de las mismas personas que deben presentarse en todas partes con la distinción en que el rey los tiene puestos; conviniendo cortar estos abusos que la experiencia hace ver que son muy perjudiciales a la política y experiencia del buen gobierno, se ha dignado resolver que se den órdenes generales a los jefes de la tropa, secretarios de despacho, contadurías generales y particulares y a todas las demás oficinas que Su Majestad tiene dentro y fuera de Madrid, paseos y en todas las concurrencias que tengan, vayan con el traje que les corresponde, llevando capa corta o redigot, peluquín o pelo propio, sombrero de tres picos en lugar de redondo, de modo que vayan siempre descubiertos, pues no debe permitirse que usen trajes que les oculten cuando no puede presumirse que ninguno tenga probos motivos para ello... Advirtiendo a todos que están dadas las órdenes convenientes para que a cualquiera de los empleados que están al servicio del rey que se les encuentre con el traje que se prohíbe se le asegure y mantenga arrestado a disposición de Su Majestad."

Ante la amenaza de ser arrestados, los funcionarios, en bloque, aceptaron la medida. Vista la medida desde una óptica más abstracta, no significaba sino la injerencia estatal en un uso social arraigado. Pero, de hecho, los usos y las costumbres (a los que hoy la teoría sociológica considera como cosas distintas) son el producto de una larga elaboración social. Queremos decir que es la sociedad y no el Estado quien, de una forma y otra, las crea y las institucionaliza como formas globales de comportamiento. Las costumbres o mores son harto más importantes, y ciertamente ellas delimitan a escala total eso que una sociedad dada en un momento dado de su historia califica como bueno o malo. Pero, además, en aquella época los usos tenían más importancia que en la nuestra, que es más flexible y con mayor capacidad de asimilación para asimilar cambios. El hecho de que el traje anterior (capa larga y sombrero redondo) lograra ser considerado "nacional" habla por si solo de esta importancia que adquirieron los usos como forma -además- de oposición al uniformismo europeizante en que se basaba el rígido racionalismo de los Borbones. Dictar desde arriba, en aras de una sin duda mayor lógica, los usos, venía a constituir un claro atentado del Estado contra la sociedad que siempre había tenido capacidad para disponer, por su cuenta, sus usos sociales. La reforma de los usos y de las costumbres no puede realizarse desde arriba, por metodos drásticos o violentos.

Impuesta la prohibición al funcionariado, Esquilache se dispuso a aplicarla a toda la población. El Consejo de Castilla tuvo la sagacidad de prevenirle: la Reforma no se podía hacer bruscamente. Por su parte, Campomanes señalaba que seria peligroso confiscar capas y sombreros en caso de incumplimiento, pues ello infundiría "odio y grave murmuración entre las gentes". Pero como ya dijimos, Esquilache era partidario de las decisiones tajantes. El 10 de marzo, Esquilache tenía ya preparado el bando definitivo. El dia siguiente, el bando apareció en las esquinas, para que todos los madrileños tuvieran conocimiento de que, definitivamente, se les prohibía el uso del chambergo y de la capa larga:

"...Ninguna persona -se leía- de cualquier calidad, condición y estado que sea, pueda usar en ningún paraje, sitio o arrabal de esta Corte y reales sitios ni en sus paseos o campos fuera de su cerca el citado traje de capa larga y sombrero redondo para el embozo; pues quiero y mando que toda la gente civil y de alguna clase, en que se entiende, todos los que viven de sus rentas o haciendas o de salarios de sus empleos o ejercicios honoríficos y otros semejantes y sus domésticos y criados que no traigan librea de las que usan, usen precisamente de capa corta (que al menos les falte una cuarta para llegar al suelo) o de redigot o de peluquín o pelo propio o sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro; y por lo que se refiere a los menestrales ya todos los demás del pueblo (que no puedan vestirse de militar), aunque usen de la capa sea precisamente con sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo y más pobre o mendigo, bajo la pena por primera vez de seis ducados y doce días de cárcel, por la segunda doce ducados o veinticuatro días de carcel.."

La reacción popular fue inmediata: los bandos fueron arrancados. En sustitución, el pueblo pegaba pasquines que cubrían a Esquilache de injurias. Naturalmente, éste no se dejó impresionar y tomó medidas para garantizar el orden, movilizando a los soldados, para que colaborasen con los alcaldes.

Pronto se apodera de las autoridades un desconcierto que mas bien habría que llamar -como sugiere el profesor Navarro Latorre- "desgobierno". Desgobierno que nacía y se nutría de una doble falta de entendimiento "entre los alguaciles del Ayuntamiento y los de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte". El gremio de sastres fue prevenido: no se debían confeccionar capas largas... Por su parte, autoridades civiles y militares se entregaron a una curiosa serie de abusos y pillerías. Testigo presencial, escribe el conde de Fernán Núñez:

"Los alguaciles destinados para hacer obedecer esta orden, abusando de su ministerio, como sucede demasiado a menudo, atacaban a las gentes en las calles, les cortaban ellos mismos las capas, les sacaban multas y cometían otras tropelías, con las cuales agitaron el sufrimiento del público." alguaciles cortando capas

Pronto empiezan a producirse las respuestas, colectivas e individuales, resultando herido más de un alguacil al intentar cortar una capa y cobrar una multa en propio interés.

Estalla el motín.

cartel peliula
Un embozado con chambergo en el cartel de la película "Esquilache" (1989), dirigida por Josefina Molina. Es una adaptación libre de la obra teatral de Antonio Buero Vallejo "Un soñador para un pueblo"

El domingo de Ramos de 1766, a eso de las cuatro de la tarde, dos embozados se paseaban ostentosamente con capa larga y chambergo en la plazuela de Antón Martín. Varios soldados que montaban guardia no tardaron en preguntarles por qué iban así vestidos. Quedó claro que iban así porque "les daba la gana". Se oyeron insultos y los guardias trataron de detenerles, momento en que uno de los embozados desenvainó una espada, silbando al mismo tiempo. Al instante, apareció una banda armada y los militares se vieron obligados a huir. Había estallado el motin. Los amotinados, decididos a todo, no tuvieron inconvenientes al apoderarse del cuartelillo de Inválidos de la Plaza, apoderándose de sables y fusiles. A continuación, unas dos mil personas remontaron la calle Atocha hacia la Plaza Mayor, insultando al odiado Esquilache. El duque de Medinaceli tuvo la mala suerte de toparse con la multitud, que lo rodeó en el acto, exigiéndole que hiciese llegar al rey una serie de peticiones.

Finalmente, el duque llegó hasta Carlos III, que justamente se encontraba en compañía de Esquilache. El rey estaba tranquilo, convencido de que aquella vociferante multitud de la que le daban noticias no pasaba de ser un grupo de exaltados. Ignoraba, sin duda, que los amotinados estaban destruyendo sin piedad los 5.000 faroles que el ministro de Hacienda había colocado por toda la ciudad.

Los amotinados se dirigieron primero a la mansión de Esquilache (la famosa Casa de las Siete Chimeneas), acuchillaron a un servidor del marqués que intentó impedirles el paso. Echaron algunos muebles por la ventana y saquearon la considerable despensa. Luego -y la xenofobia resultaba manifiesta- se dirigieron a la casa de Grimaldi. Se limitaron ,a apedrearla, para seguir viaje hacia la mansión de Sabatini. Esa noche, a manera de colofón, un retrato del marqués de Esquilache fue quemado en la plaza Mayor. Curiosamente, en Palacio se pensaba que al día siguiente los furores se habrían aplacado como por arte de magia.

Pero el Lunes Santo, día 24, la situación se agravó. La tropa se vio desbordada por la multitud que, enardecida por la noticia de que Esquilache se encontraba en Palacio, junto al rey, emprendió una decidida marcha para presentar a Carlos III sus reclamaciones. Los amotinados llegaron pronto al Arco de la Armería de Palacio, que estaba defendido por tropas españolas y valonas. Los valones -muy odiados- hicieron fuego y una mujer resultó muerta. Un impresionante gentío se concentró, coreando insultos contra los valones y contra Esquilache.

Finalmente, un sacerdote se destacó en calidad de representante popular y consiguió llegar hasta Carlos III con las peticiones del pueblo. El tono era imperativo. Si el rey no les escuchaba, "treinta mil hombres harán astillas en dos horas el nuevo palacio". Es difícil imaginar el estado de perplejidad que todo esto produjo en Carlos III. He aquí la lista de las exigencias populares:

  1. Que se destierre de los dominios españoles al marqués de Esquilache y a toda su familia.
  2. Que no haya sino ministros españoles en el Gobierno.
  3. Que se extinga la Guardia Valona.
  4. Que bajen los precios de los comestibles.
  5. Que sean suprimidas las Juntas de Abastos.
  6. Que se retiren inmediatamente todas las tropas a sus respectivos cuarteles.
  7. Que sea conservado el uso de la capa larga y el sombrero redondo.
  8. Que Su Majestad se digne salir a la vista de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones.

Al parecer, Carlos III pensó desde el primer momento -aunque con evidente disgusto- que lo mejor era aceptar estas exigencias populares, para evitar males mayores. Pero antes de tomar una decisión formal, consideró oportuno escuchar la Opinión del Consejo de Guerra, integrado por el duque de Arcos (capitán de la guardia palatina), el marqués de Pliego (coronel de los valones), el conde de Gazola (comandante de artillería), el marqués de Sarriá, el conde de Revillagigedo y el conde de Oñate.

Como era de prever, los tres primeros, especialmente humillados por la victoria popular, hombres de armas y no de razones, se inclinaron por la negativa: el rey debía negarse a aceptar semejantes peticiones y, por la fuerza, era necesario reprimir a los amotinados y reducirlos a la impotencia. El duque de Sarriá, el conde de Oñate y el conde de Revillagigedo, tres hombres de gran experiencia, se pronunciaron en el sentido de que era mejor aceptar las exigencias: de lo contrario, se produciría un baño de sangre de incalculables consecuencias. Hicieron notar -detalle fundamental- que los amotinados no ponían en duda la autoridad real, pero si ésta les defraudaba podían llegar a tal extremo, en cuyo caso la Corona se vería en apuros, por cuanto ni la guardia valona ni las huidizas tropas parecían en condiciones de enfrentarse con una enfurecida multitud que contaba con algunas armas robadas. Oída la opinión de los miembros del Consejo de Guerra, Carlos III dio una buena prueba de sensatez. Salió al balcón. Por intermedio de un representante, el pueblo expuso nuevamente sus exigencias, en primer lugar, la de que bajase el precio del pan, la de que Esquilache fuera expulsado de España lo mismo que la guardia valona.

Estos eran, con mucho, los puntos más importantes. A esta altura de los acontecimientos, todo esto parecía incluso más importante que la cuestión de las capas largas y los chambergos.

Carlos III prometió dar satisfacción a estos deseos, hecho lo cual se retiró. Pero fue nuevamente llamado al poco tiempo, para que ratificase su promesa. Por fin, en cuanto el pueblo vio que los guardias valones se retiraban hacia él interior del palacio, se calmaron los animos.

Como vemos, el peligro había pasado. Resignado y sin duda afectado en su dignidad de monarca ilustrado, Carlos III había sabido renunciar a su ministro Esquilache... Lo inocultable: el pueblo había vencido en toda la línea.

Pero la tormenta popular no había pasado. Un error la reavivaría en pocas horas. En efecto, Carlos III cometió un error que puso en tela de juicio la confianza que el pueblo madrileño había depositado en él. Atemorizado, desconfiando de la vociferante multitud que había contemplado desde lo alto de su regio balcón, Carlos III consideró que no estaba seguro en Madrid. Al amparo de la noche, partió hacia Aranjuez, con toda su familia, incluida la anciana Isabel de Farnesio, que no se cansó de repetir que aquella huida le parecía asunto de cobardes. Desde luego, marcharon por el camino de Aranjuez bien protegidos por los guardias valones. Poco después, Carlos III y sus hombres de confianza -entre los que no faltaba Esquilache- parlamentaban en Aranjuez.

En Madrid, al día siguiente una Junta Militar tomaba diversas medidas para mantener el orden. La ciudad amaneció en calma, y aquella habría sido, sin duda, una jornada tranquila. Pero el pueblo se enteró, estupefacto, de que el monarca había partido secretamente a Aranjuez. Inmediatamente, tomó cuerpo la convicción de que Carlos III sólo había cedido momentáneamente, por razones estratégicas, a las peticiones de sus vasallos. Sin duda, ahora se disponía a armar un poderoso ejército para regresar a Madrid, revocar sus promesas y aplastar a los revoltosos.

Esta convicción irritó a los madrileños, produciendo además una importante ola de temor. Bien pronto, unas 30.000 personas -hombres, mujeres y niños- rodearon la casa del obispo de Cartagena, Diego de Rojas, presidente a la sazón del Consejo de Castilla. Las fuerzas armadas se vieron rápidamente desbordadas. El obispo recibió el encargo de transmitir al rey el estado de ánimo del pueblo madrileño. Pero el obispo no llegó a salir de Madrid, porque se impuso el criterio de que era fundamental retener en la villa a las personalidades más importantes, en calidad de rehenes. Comparados con los de la víspera, los sucesos eran incalculablemente más graves. El obispo Rojas se vio obligado a redactar un memorial de agravios, para el rey; un emisario partió hacia Aranjuez con el documento y el obispo quedó retenido en su casa Ante la impotencia de los soldados, el pueblo saqueaba almacenes de comestibles y cuarteles, abriendo de paso las puertas de las cárceles. La ciudad estaba en sus manos.

Pronto, en Aranjuez, el rey recibía el memorial. No lo dudó demasiado: despachó al mismo emisario con una carta para el pueblo de Madrid. He aquí el texto, redactado por Roda, el fino abogado que ocupaba la cartera de Gracia y Justicia:

"El rey ha oído a la representación de vuestra señoría con su acostumbrada clemencia y asegura sobre su real palabra que cumplirá cuanto ofreció ayer por su piedad y amor al pueblo de Madrid, y lo mismo hubiera acordado desde este Sitio y cualquiera otra parte donde le hubieran llegado sus clamores y súplicas; pero en correspondencia de la fidelidad y gratitud que a su soberana dignación debe el mismo pueblo, por los beneficios y gracias con que se le ha distinguido y el grande que acabe de dispensarle, espera su majestad la debida tranquilidad, quietud y sosiego, sin que por título o pretexto alguno de quejas, gracias, ni aclamaciones, se junten en turbas ni fomenten uniones. Y mientras tanto no den pruebas de dicha tranquilidad, no cabe el recurso que hacen ahora, de que Su Majestad se les presente".

A las nueve de la mañana del día siguiente, el emisario llegaba a Madrid, donde se dio lectura a la carta del rey. Y bastó esta carta para devolver la calma a la ciudad. Ordenadamente, las armas fueron devueltas a los cuarteles, entre vivas al rey.

Quedaba probado que la falta de tacto podía provocar desmanes incontrolables. Esta vez, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache tuvo que partir irremediablemente. Consta que al rey le costó desprenderse de su ministro. "Se ha sacrificado por mí", se lee en una carta que el rey escribió a Tanucci. Por su parte, Esquilache escribiría a propósito del pueblo de Madrid: "Soy el único ministro que ha pensado en su bien: he limpiado la ciudad, la he pavimentado, he hecho paseos, he mantenido la abundancia durante años de carestía. Merecía una estatua y me han tratado indignamente." El desilusionado marqués fue recompensado con la embajada de Venecia.

Acabado el marqués, Grimaldi se vio en la obligación de dirigir el timón de la nave gubernamental en aquellas difíciles circunstancias. En Madrid, las aguas habían vuelto a su cauce, pero el rey y sus ministros, en Aranjuez, desconfiando de que una simple carta pudiera haber salvado la situación y conscientes del que el pueblo había salido victorioso, seguían en un estado de perplejo y temeroso nerviosismo. Incluso se dice que estaban aterrados. Grimaldi notificó a los embajadores españoles en el extranjero que el motín había sido obra de algunos instigadores y que en particular las provocaciones de alcaldes y golillas habían sido responsables de su estallido. Esta era la apresurada versión oficial. Al mismo tiempo, Grimaldi ordenó a las tropas establecidas en las cercanías de Madrid que se concentrasen en torno a Aranjuez. Este dato confirma la sensación de que el rey y sus ministros seguían temerosos, en espera de nuevas violencias populares. El siguiente día, el 28, el propio Grimaldi llamaba al conde de Aranda, sintiéndose poco capaz de dominar la situación por sí mismo. El conde, capitán general de Valencia, debía acudir a Aranjuez con todas sus tropas.

La llegada de Aranda tranquilizó algo a Carlos III y el conde quedó convertido en el hombre fuerte de la situación. Temiéndose una nueva explosión popular en Madrid -a fin de cuentas, el rey no había vuelto- el Consejo de Castilla hizo pública una nota, recordando "la seguridad ofrecida por S.M.", recalcando que no se había dado orden -y tal era el rumor- de que "viniese artillería o tropa extranjera". Lo cierto es que el rey no se decidía a regresar a Madrid, donde su tardanza se interpretaba en sentido negativo, poniendo en peligro la paz. El rey temía al pueblo. El día 29, Grimaldi dispuso que un regimiento de caballería se apostase estratégicamente en los pasos del Guadarrama.

La lucha política entre "albistas" y "ensenadistas".

En medio de esta confusa situación se desató una confusa lucha por el poder en el seno del grupo de colaboradores de Carlos III. Esquemáticamente, éstos se dividieron en "albistas" -así denominados por tener en el duque de Alba su inspirador; desde luego, no debe entenderse que éste fuese el líder del grupo- y los "ensenadistas", partidarios del marqués de la Ensenada. El grupo "albista" estaba integrado por militares ambiciosos, como el cada vez más poderoso conde de Aranda y por regalistas tenaces, como Roda, Campomanes y Moñino. Los seguidores de Ensenada, que contaban con cierto apoyo popular y con el apoyo de los sectores más politizados de la Compañía de Jesús, eran un obstáculo para los ambiciosos planes del primer grupo, Pero desde el primer momento resultó evidente que los albistas tenían todas las de ganar. Uno de ellos -Roda- era ya ministro; Campomanes era el fiscal del Consejo de Castilla y Aranda, por su parte, parecía ser el único hombre capaz de controlar la situación en momentos en que se producían motines en diversos puntos de la geografía española (en Cuenca, Palencia, Lorca, Guipúzcoa, Granada, etc.)

Como dice Dominguez Ortiz "en general, fueron simples motines de hambre de los que las clases elevadas estuvieron ausentes". Por otras parte, aunque la noticia de tales motines produjera una fuerte impresión en el ánimo de Carlos III, no es posible atribuirles hoy una especial gravedad, por cuanto, aunque se produjeran en diversos puntos de la geografía peninsular, provocados por el hambre más que por alborotadores políticamente intencionados; se extinguieron rápidamente, volviéndose a la normalidad. Y debe decirse que el pueblo volvió a la normalidad por sí solo, ya que las fuerzas del orden, salvo en algunos puntos, eran practicamente inoperantes.

Los motines favorecieron a los albistas; Carlos III tenía que echar mano de este grupo político, el más solido, en aquellos momentos en los que era imposible adivinar el alcance de la tormenta social. En Aranjuez persistían los hondos temores todavía el 10 de abril; en esa fecha Miguel Muzquiz, el sustituto de Esquilache, pedía 30.000 balas de fusil con destino a Aranjuez. Debían ser enviadas "con toda precaución y disimulo..." Un dato elocuente.

La capa corta se adoptó por las buenas

Después del motín, desaparecido Esquilache, al frente del pais se afirmaba un nuevo equipo gobernante, en el que todavía figuraba Grimaldi, pero a la sombra del poderoso Aranda y en el que era evidente la importancia de españoles influyentes como Campomanes y Floridablanca.

El nuevo equipo gobernante iba a llevar adelante importantes reformas de orden interno, quizá menos espectaculares que las del primer período, pero en cualquier caso más profundas y mejor pensadas desde el punto de vista de su viabilidad. Así pues, el motín de Madrid y los motines que le siguieron no detuvieron el ímpetu reformista de Carlos III.

El conde de Aranda supo poner orden en el caos y hasta logró imponer el uso de la capa corta y suprimir el uso del sombrero de ala ancha. Lo que Esquilache no logró por las malas, lo logró el conde por las buenas. Unas cuantas palabras suyas bastaron para que los estratos sociales más elevados se cortaran las capas y cambiaran de sombreros.

Después, Aranda convenció a los representantes de los cinco Gremios Mayores para que hicieran lo propio. En octubre de 1766, Aranda reunía a los miembros de los 53 Gremios Menores y les convencía de las bondades del nuevo atuendo. Muy astutamente, Aranda dispuso que el verdugo -personaje maldito en todos los pueblos- usase precisamente la famosa capa larga y el chambergo que ninguna "persona de bien" llevaría de allí en adelante. Así, con habilidad, el pueblo, imitando a los nobles y diferenciándose del vil verdugo, cambió de indumentaria sin mayores aspavientos.